Terrorífico el debate sobre las sillitas, que invitan al apalancamiento (no financiero, sino posadero)
y van camino de provocar un problema de seguridad. De orden público no
porque ya lo provocan. Los carros de niño han estado siempre, quizás no
tanto en estrecheces como en tiempos recientes, pero cualquiera puede
comprender que si los niños no van a ver cofradías no habrá mañana. Que
chavales de 20 años pasen la tarde tomando pipas y cerveza con la
complicidad de una banqueta anclada al suelo es el camino más
corto a la destrucción de la Semana Santa de Sevilla y la reconversión
hacia una suerte de Sambódromo cofradiero hispalense. Orfila, las
cuestas y algunas plazas se han convertido en algo parecido a un
camping, pero sin derecho a pernoctar. Una tribuna pirata en toda regla.